Ágil surcaba el cielo el carro de Helios, en su diario recorrido por el firmamento. Van cuatro caballos tirando del carro en el que va el dios, a la cabeza, como siempre, van Euros, el viento del este y Northos, el viento del norte. De repente Euros abre su dorada boca y no es para respirar, bostezar o soltar un relincho, no, es para hablar. Está articulando sonidos en la lengua de los caballos. Ahora, si guardamos silencio, podremos oír lo que le dice a Northos:
-¿Te has parado a pensar, Northos, en el alma?
-¿En el alma?-dice Northos.
-Sí, en el alma. Pero no en la nuestra o en la de nuestro señor, sino en la de los mortales.
-¿Te refieres al alma de los caballos mortales?
-No, amigo, en el alma de los hombres.
-Pues no: mis pensamientos van por otras latitudes.
-Yo sí, Northos, y he encontrado que es un tema interesante, aunque difícil, pues pocas cosas hay más complejas. El alma humana es variable. Normalmente la encierran. La recluyen en el fondo de su ser.
-Malo tiene que ser eso- Dice Northos
-No, amigo. Puede parecer que es malo, pero no, porque hace que tan sólo algunas cosas puedan llegar. Si todo les afectara al alma, si la tuvieran por fuera, actuarían con tal desenfreno, exageración, que no habría psible distinción entre lo banal y trivial y lo realmente grave o importante. Todas las acciones serían en serio, todas las acciones tendrían graves repercusiones, todos los actos serían grandes actos. Y si todo sobresale, nada sobresale. Si todos los actos son grandes, ¿Cómo se distinguen los pequeños? Si todo es muy trascendente, ¿Cómo se distingue lo intrascendente?
-Comprendo tu razonamiento- Responde Northos
-Por suerte-Continúa Euros- no todo les llega al alma y los asuntos banales rebotan. Pero hay cosas que sí. Y son muchas y de variadas clases. Puede ser un acto injusto, puede ser una frase, unas palabras dotadas de significación, una imagen, el frío, todo esto puede meterse hasta el fondo de su alma, oradando las barreras que la rodean. Y en ese momento, forman ya parte de tu ser. Ya están metidas, clavadas, grabadas a fuego, ardiendo en lo más profundo de su ser. Cuando algo realmente ofende al ser humano llegando a su alma, es capaz de todo. Pero, aunque las cosas que lleguen al alma sean muchas, no son las mismas, ni mucho menos, para todos y es muy difícil llegar realmente al centro del alma. El arte es uno de los medios que más usan. Unas palabras, unas notas tienen la capacidad de hacer removerse el alma humana.
-Realmente es un tema complejo a la par que interesante, Euros.- Respondió Northos
domingo, 3 de enero de 2010
viernes, 11 de diciembre de 2009
Bibliografía y recursos de las ensoñaciones
Las Ensoñaciones tocan a su fin, aunque puede que aún suelten algún último suspiro. Por eso quiero apuntar todo el material y todas las cosas sin las que nunca habrían sido posibles.
En primer lugar, la mejor página de imágenes de la web, http://www.fondosgratis.com.mx/, de donde saco todas las imágenes de las Ensoñaciones.
En segundo lugar, http://es.wikiquote.org/wiki/Portada, la página de donde he sacado la mayoría de las citas que componen la filosofía pírica.
En tercer lugar, a uno de los mejores videojuegos jamás creados, Assassins Creed.

Quien haya jugado alguna vez o sepa de qué va notará sin duda las influencias de este juego en La sombra de las montañas.
En cuarto lugar, otro videojuego mítico, The Legend of Zelda, concretamente de la entrega Twilight Princess,


En primer lugar, la mejor página de imágenes de la web, http://www.fondosgratis.com.mx/, de donde saco todas las imágenes de las Ensoñaciones.
En segundo lugar, http://es.wikiquote.org/wiki/Portada, la página de donde he sacado la mayoría de las citas que componen la filosofía pírica.
En tercer lugar, a uno de los mejores videojuegos jamás creados, Assassins Creed.

Quien haya jugado alguna vez o sepa de qué va notará sin duda las influencias de este juego en La sombra de las montañas.
En cuarto lugar, otro videojuego mítico, The Legend of Zelda, concretamente de la entrega Twilight Princess,

sin el cual la zarpa de La sombra de las montañas nunca habría existido,

ni tampoco el Arham Alaris de El cazador de gólems, que, aunque no sea uno de los objetos del juego, está inspirado en el poder curativo que tienen las hadas en el juego.
En quinto lugar, Andrea Martínez, dado que sin ella es fácil adivinar que la primera de las Ensoñaciones nunca habría existido.
En sexto lugar, el colegio, y más concretamente, nuestro profesor de informática Roberto, ya que sin él nunca me habría hecho un blog.
Aunque no lo haya puesto en ninguna de las Ensoñaciones, están dedicadas, primero, a mis padres, primeros lectores de todas mis creaciones, segundo, a Roberto, como queda explicado arriba, tercero, a Andrea, como también he explicado arriba, cuarto, a Diego Marcos, que no para de repetirme lo bueno que soy y que debería publicar un libro.
Por último, gracias a todos los que se hayan leído mis Ensoñaciones.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Ensoñaciones VIII: La sombra de las montañas
La sombra de las montañas
Pasos. Se oían pasos rápidos y rítmicos. Eran pasos de muchas personas, aunque eran regulares, marcados, como de una misma persona, por lo que él dedujo que eran militares. Una columna de soldados, cien, doscientos o incluso quinientos. Sin embargo, los pasos eran rápidos, cortos. La columna había apretado el paso. No corría, pero marchaba deprisa. Eran pasos secos, férreos, duros y al final de la columna se oían pasos de un enorme ser bípedo, de tanto peso que el suelo temblaba bajo sus pies. Eramal, la sombra de las montañas, el guerrero más mortífero de todas las tierras conocidas, levantó la cabeza de la roca en la que había estado escuchando los pasos. Probablemente eran orcos o úrgalos y la monstruosidad podía ser un trol de las montañas, un cíclope, un gigante dominado o incluso un terrorífico engendro sacado de los oscuros abismos de la disformidad por un mago oscuro. Pero esto último era improbable, y Eramal odiaba a los orcos, así que preparó todas sus armas y se puso su capa ámbar, que se confundía con el color de la arena de las montañas. Escaló con la agilidad de una cabra montesa las paredes de roca y corrió hasta el desfiladero que estaba atravesando la columna. Les espió a través de un pequeño túnel cavado en la piedra. Efectivamente, eran orcos y el monstruo parecía un trol-orco, una criatura formada igual que los orcos, pero con un tamaño mayor. Sacó un puñal largo y fino y uno de sus inventos: la zarpa, una garra de metal que se disparaba a toda velocidad atada a una cadena y que permitía engancharse a las rocas o a cualquier cosa.
Orcos, allá voy.
Su entrada fue de las que le han hecho merecedor del título "la sombra de las montañas": Se coló por una grieta y agarró a uno de los orcos, que desapareció con él. Una lluvia de flechas cayó sobre la grieta, pero él ya no estaba allí. Le había roto el cuello al orco y había vuelto arriba, fijando ahora su objetivo en el trol, su mayor amenaza. Tenía que ser rápido. Agarró los dos objetos que había sacado y corrió hacia el final de la atemorizada columna.
Observó al trol. Él no estaba atemorizado, sólo parecía enfadado, buscaba por todas partes al asesino del orco.
Vio sus dos pequeños ojos entrecerrados, al acecho, la enorme boca abierta, sus manos cerradas en dos puños. Se situó detrás del trol y le disparó la zarpa a la nuca. Las hojas de metal se cerraron abriendo heridas por las que manó la espesa sangre negra del trol. Eramal se vio disparado por el resorte de la zarpa hasta la nuca del trol. El trol soltó un bramido que hizo abrirse grietas en las rocas y retumbar el suelo como un pequeño terremoto. El ser cabeceó y se movió de un lado a otro con tal fuerza que Eramal casi se cae.
Vio sus dos pequeños ojos entrecerrados, al acecho, la enorme boca abierta, sus manos cerradas en dos puños. Se situó detrás del trol y le disparó la zarpa a la nuca. Las hojas de metal se cerraron abriendo heridas por las que manó la espesa sangre negra del trol. Eramal se vio disparado por el resorte de la zarpa hasta la nuca del trol. El trol soltó un bramido que hizo abrirse grietas en las rocas y retumbar el suelo como un pequeño terremoto. El ser cabeceó y se movió de un lado a otro con tal fuerza que Eramal casi se cae.Pero no era tiempo de caerse.
Ahora no.
Sostenido por la zarpa, apoyó los pies en la nuca del furioso trol y le calvó el puñal en el cuello, grueso como un tronco de árbol. El trol dio otro bramido y, por unos instantes, perdió su estabilidad. Con gran agilidad, Eramal dio un salto y enroscó la cadena alrededor del cuello del trol y dio un tirón que habría arrancado un árbol de la tierra. El trol se tambaleó y entonces Eramal bajó hasta el suelo sin soltar la zarpa y hundió una gran hoja de metal en el pie del trol. El enorme ser cayó al suelo boca arriba.
Eramal podía haber matado al trol cuando estaba subido en su nuca, clavándole el cuchillo en el cerebro, pero entonces no habría dado la impresión de fuerza y poderío que quería transmitir a la columna de orcos.
Cuando el trol estuvo completamentamente tendido boca arriba en la arena, Eramal dio un salto a una altura sobrehumana. Durante un momento, todo pareció ralentizarse, como si el mundo transcurriera a cámara lenta y Eramal quedara suspendido en el aire. Accionado uno de los resortes de su zarpa, Eramal la recogió. La cadena deshizo el nudo y se recogió destellando como un látigo. Él sacó una espada descomunal y la apuntó con ambas manos hacia el pecho del trol.
El mundo recuperó su velocidad habitual.
Eramal cayó sobre el pecho del trol, clavando profundamente la espada en el negro corazón del monstruo.
Con un último bramido, el trol expiró.
Eramal desapareció con la misma rapidez con la que había venido.
Toda la columna de orcos se había quedado pasmada, clavada en el sitio.
Había matado al trol.
Y lo había hecho de forma espectacular y sin recibir ni un rasguño.
Las cabezas de dos de los orcos, desprevenidos, rodaron sobre la arena.
Todos los demás se pusieron a la defensiva.
De poco les sirvió.
Uno de los orcos se agarró el cuello y cayó al suelo, con una flecha bífida clavada en el cuello. Todos los escudos se volvieron hacia esa dirección, pero la siguiente flecha llegó del otro lado y se clavó en la espalda de un orco. Las flechas comenzaron a llegar de todos los lados con una rapidez tal que diríase que había más de un arquero.
Pero no, porque era Eramal corriendo de una montaña a otra y disparando su arco. El número de orcos decreció y decreció hasta que solo quedaron cuatro.
Eramal guardó el arco.
Saltó de la roca en la que estaba subido y cayó delante del grupo. Los orcos desenfunadron las hachas que llevaban a la espalda y se prepararon para la lucha. Eramal se levantó y, despacio, se llevó las manos a la espalda. Con un amplio movimiento desenfundó dos largas espadas gemelas y las hizo girar en las manos. El sol empieza a descender sobre el horizonte y su silueta se recorta, completamente negra, sobre las últimas luces del día. Los orcos retroceden un paso ante esa espectral figura que más parece un ser de otro mundo que un hombre. Dando un salto, se coloca en medio de los asustados orcos. Sus espadas reflejan la luz menguante del día mientras giran, rebanando el cuello a uno de los orcos. Los demás no tienen tiempo de reaccionar antes de que las espadas les abran grandes heridas en el vientre.
Se desploman sobre las piedras como fardos sin vida.
El crepúsculo proyecta rayos anaranjados sobre el desfiladero lleno de cadáveres.
Eramal observa el sol desaparecer tras el horizonte.
Otro día más en la vida de la sombra de las montañas.
Campeonato provincial de tiro con arco
Abro un paréntesis en las Ensoñaciones para anunciaros que el próximo domingo, de 10 de la mañana a 2 del mediodía se va a celebrar un campeonato provincial de tiro con arco en el polideportivo Liceo Castilla. A los que conozcan el frío glacial que suele apoderase del polideportivo a esas horas, les diré que la federación va a llevar dos cañones de propano que van a estar funcionando desde las 8 de la mañana, es decir, que aunque pueda parecer inconcebible, va a hacer calor en el polideportivo. Dado que la XV navimarcha empieza a las 10 de la mañana, todos tenemos tiempo de ir si queremos.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Ensoñaciones VII: Ulbaraan
Ulbaraan
-¡Adorad a Ulbaraan!-
Un casco le cubría la cabeza y una túnica roja le llegaba hasta los pies. En
sus anchas mangas no se veían sus manos, solo unas cintas de todos los colores flotando en la brisa. Las plumas de quetzal le formaban una cresta en la parte posterior del casco. Tras él, el gigantesco templo se alzaba, grande, enorme, magnífico, con las cien banderas ondeando agitadas por un suave aire que lo recorría todo, como una manta. Diríase, desde el nivel del suelo, que las escaleras se prolongaban hasta el cielo y que era el mismo Ulbaraan quien había salido de la gran puerta tallada con rectas formas en la piedra. La sangre goteaba del cuchillo que llevaba en la mano. Cloc, cloc, colc...
-La hora ha llegado.
-El sacrificio ha de ser consumado.
Cloc, cloc...
-Nos disponemos a alimentarte como señor nuestro que eres.
Cloc, cloc...
-Acepta este sacrificio.
Cloc, cloc...
Los ojos de todos se vuelven hacia el altar, en otro tiempo verde, ahora rojo por toda la sangre derramada en su cúspide. Encima de él, un hombre joven, desnudo y atado, con la espalda arqueada sobre el altar, ha desistido ya de resistirse contra las férreas cuerdas. Dos soldados, con capas de pluma de tucán y águila custodian al hombre. De no ser por los ligerísimos movimientos de su respiración, se les podría tomar por estatuas, tal es su quietud y rigidez.
El sumo sacerdote se acerca al altar.
Cloc, cloc...
Alza el cuchillo sobre el hombre.
Cloc.
Y hunde su hoja profundamente en el pecho del hombre.
La sangre rueda por el borde del altar como lágrimas de los dioses de la guerra.
Con rápido movimiento, el sumo sacerdote abre el pecho del joven y introduce la mano en la roja abertura.
Extrae el corazón aún latiente del joven y lo eleva mientras su sangre le corre por el brazo.
La multitud empieza a vitorear.
Desde tan abajo no ven la cara del sumo sacerdote. Su expresión se ha quedado rígida, la boca entrabierta, los ojos perdidos en la inmensidad del campo que extiende bajo él. El hombre observa una nube de polvo que se va acercando hacia ellos.
Que cada vez se hace más nítida.
Y que por fin se revela como filas de hombres y bestias de cuatro patas avanzando hacia allí.
Sus armaduras reflejan la luz del sol como un espejo.
Por fin el sacerdote recupera el uso de la palabra y clama, desde su celestial altura:
-¡Quién osa interrumpir el sagrado ritual!-
Todas las cabezas se vuelven para atisbar entre las casas lo mismo que el sacerdote ve desde el templo.
-¡Qué pecado mortal es este! ¡Quién aparece desde el linde de nuestro territorio, montados sobre monstruosas bestias de cuatro patas!
Los dedos se le cierran sobre el cuchillo, la mano aprieta el corazón que ha arrancado. Es Ulbaraan quien infunde la idea en su mente. Eleva ambos objetos mientras la ira crece en su interior con la potencia de un volcán en erupción.
Toda la multitud vocifera gritos de guerra. Todos corren hacia sus casas, todo el pueblo se moviliza como un hormigero atacado.
El sacerdote lanza un grito al cielo y arroja el corazón por las escaleras. Rueda hasta el suelo, dando botes como una piedra. Corre escaleras abajo sacando de una funda dorada en su cadera una gran espada de obsidiana, similar al que en estos momentos porta cada una de las personas, si excepción, del pueblo. Todas poseídas por la ira de Ulbaraan.
Se oye, desde las torres y templos los arcos tensarse. Las flechas silban oradando el aire, atravesando la brisa rectas hacia su objetivo. Se oyen los gritos de los hombres y sus caídas. Los soldados entran corriendo en la urbe.
Durante un largo y angustioso instante, no pasa nada.
Y en una décima de segundo...
Se desata el infierno.
Miles de personas de toda clase o condición salen de las casas y atacan con la fuerza y la ira de un tsunami. La obsidiana penetra las protecciones y se clava profundamente en la carne. Todos cargan, asediando a los invasores desde todos los lados. Las cabezas ruedan sin cesar arrancadas de cuajo por las hachas aserradas. Mientras, la flechas sigen silbando como serpientes por todas partes como la lluvia mortal de Ulbaraan. Todos, a la vez, fundidos en un fiero grito de ira divina, se lanzan contra la última fila de hombres que se estremece y cae. Por las calles corren ríos de roja sangre y por todas partes los cadáveres yacen mutilados. El sumo sacerdote cae de rodillas, agotado, sobre el húmedo suelo, murmurando gracias a Ulbaraan.
La espada se le escurre de las manos.
Empieza a llover suavemente, como si fuera la fuerza del dios cayendo sobre la tierra.
Una tierra libre.
El sumo sacerdote miró hacia el final de las escaleras.
El corazón aún estaba latiendo.
-¡Adorad a Ulbaraan!-
Un casco le cubría la cabeza y una túnica roja le llegaba hasta los pies. En
sus anchas mangas no se veían sus manos, solo unas cintas de todos los colores flotando en la brisa. Las plumas de quetzal le formaban una cresta en la parte posterior del casco. Tras él, el gigantesco templo se alzaba, grande, enorme, magnífico, con las cien banderas ondeando agitadas por un suave aire que lo recorría todo, como una manta. Diríase, desde el nivel del suelo, que las escaleras se prolongaban hasta el cielo y que era el mismo Ulbaraan quien había salido de la gran puerta tallada con rectas formas en la piedra. La sangre goteaba del cuchillo que llevaba en la mano. Cloc, cloc, colc...-La hora ha llegado.
-El sacrificio ha de ser consumado.
Cloc, cloc...
-Nos disponemos a alimentarte como señor nuestro que eres.
Cloc, cloc...
-Acepta este sacrificio.
Cloc, cloc...
Los ojos de todos se vuelven hacia el altar, en otro tiempo verde, ahora rojo por toda la sangre derramada en su cúspide. Encima de él, un hombre joven, desnudo y atado, con la espalda arqueada sobre el altar, ha desistido ya de resistirse contra las férreas cuerdas. Dos soldados, con capas de pluma de tucán y águila custodian al hombre. De no ser por los ligerísimos movimientos de su respiración, se les podría tomar por estatuas, tal es su quietud y rigidez.
El sumo sacerdote se acerca al altar.
Cloc, cloc...
Alza el cuchillo sobre el hombre.
Cloc.
Y hunde su hoja profundamente en el pecho del hombre.
La sangre rueda por el borde del altar como lágrimas de los dioses de la guerra.
Con rápido movimiento, el sumo sacerdote abre el pecho del joven y introduce la mano en la roja abertura.
Extrae el corazón aún latiente del joven y lo eleva mientras su sangre le corre por el brazo.
La multitud empieza a vitorear.
Desde tan abajo no ven la cara del sumo sacerdote. Su expresión se ha quedado rígida, la boca entrabierta, los ojos perdidos en la inmensidad del campo que extiende bajo él. El hombre observa una nube de polvo que se va acercando hacia ellos.
Que cada vez se hace más nítida.
Y que por fin se revela como filas de hombres y bestias de cuatro patas avanzando hacia allí.
Sus armaduras reflejan la luz del sol como un espejo.
Por fin el sacerdote recupera el uso de la palabra y clama, desde su celestial altura:
-¡Quién osa interrumpir el sagrado ritual!-
Todas las cabezas se vuelven para atisbar entre las casas lo mismo que el sacerdote ve desde el templo.
-¡Qué pecado mortal es este! ¡Quién aparece desde el linde de nuestro territorio, montados sobre monstruosas bestias de cuatro patas!
Los dedos se le cierran sobre el cuchillo, la mano aprieta el corazón que ha arrancado. Es Ulbaraan quien infunde la idea en su mente. Eleva ambos objetos mientras la ira crece en su interior con la potencia de un volcán en erupción.
Toda la multitud vocifera gritos de guerra. Todos corren hacia sus casas, todo el pueblo se moviliza como un hormigero atacado.
El sacerdote lanza un grito al cielo y arroja el corazón por las escaleras. Rueda hasta el suelo, dando botes como una piedra. Corre escaleras abajo sacando de una funda dorada en su cadera una gran espada de obsidiana, similar al que en estos momentos porta cada una de las personas, si excepción, del pueblo. Todas poseídas por la ira de Ulbaraan.
Se oye, desde las torres y templos los arcos tensarse. Las flechas silban oradando el aire, atravesando la brisa rectas hacia su objetivo. Se oyen los gritos de los hombres y sus caídas. Los soldados entran corriendo en la urbe.
Durante un largo y angustioso instante, no pasa nada.
Y en una décima de segundo...
Se desata el infierno.
Miles de personas de toda clase o condición salen de las casas y atacan con la fuerza y la ira de un tsunami. La obsidiana penetra las protecciones y se clava profundamente en la carne. Todos cargan, asediando a los invasores desde todos los lados. Las cabezas ruedan sin cesar arrancadas de cuajo por las hachas aserradas. Mientras, la flechas sigen silbando como serpientes por todas partes como la lluvia mortal de Ulbaraan. Todos, a la vez, fundidos en un fiero grito de ira divina, se lanzan contra la última fila de hombres que se estremece y cae. Por las calles corren ríos de roja sangre y por todas partes los cadáveres yacen mutilados. El sumo sacerdote cae de rodillas, agotado, sobre el húmedo suelo, murmurando gracias a Ulbaraan.
La espada se le escurre de las manos.
Empieza a llover suavemente, como si fuera la fuerza del dios cayendo sobre la tierra.
Una tierra libre.
El sumo sacerdote miró hacia el final de las escaleras.
El corazón aún estaba latiendo.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Ensoñaciones VI: Patrulla nordeste
Patrulla nordeste
Demal se cargó la mochila al hombro, sintiendo el familiar peso del rifle de plasma en la cadera. Caminó hacia el agujero iluminado por débiles luces eléctricas en medio de la infinita tundra nevada, que se confundía con el cielo, dando la impresión de estar dentro de una enorme esfera blanca.
Bajó las gastadas escaleras entrando en lo que en otro tiempo fue una estación de metro. Tras poco tiempo de caminar, volvió a sentir el viento y la nieve, al llegar a un derrumbe.
Era realmente tenebroso: en la penumbra, las figuras se recortaban emitiendo una espectral luz azul.Una ancha tubería, sostenida por anillos de metal se extendía por debajo de una vieja línea con un tren magnético abandonado. A la izquierda, una estructura semiderruida se alzaba sobre cuatro columnas que sostenían sus paredes de cristal y su cúpula destartalada. Caminó, observando derrumbes similares, hasta que, en uno de ellos, vio fuego detrás de una de las líneas. Se encaminó deprisa allí y observó algo inesperado.
Una nave estrellada allí, entre la nieve. Y no una pequeña, una que mediría casi cuatrocientos metros de eslora, con varias cabinas y ventanales y una torre de mando de cuarenta metros de diámetro. La nave estaba tendida sobre el blanco suelo como si hubieran intentado aterrizarla. Tenía un gran agujero en medio, de hecho, se había partido por la mitad. Los daños no parecían resultado del choque sino más bien un ataque con un armamento de gran potencia. Entró por el agujero y vio un espectáculo horrible. Todo estaba destruido. Había cuerpos desmembrados tirados por todas partes, esparciendo la sangre y las vísceras por toda la cámara. Aunque estaban destrozados por la descompresión, se veía que no eran humanos. Tenían la piel de un color azul claro y tentáculos en vez de dedos.
Dios mío, pensó Demal, extraterrestres. Es el descubrimiento más importante de la historia de la humanidad.
Eso había ocurrido hace año y medio. Y ahora, sentado en aquélla nave, lo recordaba con nostalgia, arrepentido de habérselo contado a todo el mundo.
Porque eso había iniciado una guerra. Una guerra que se estaba cobrando un número de vidas humanas y extraterrestres exorbitante, sobre todo por la utilización por parte de los humanos de naves kamikaze.
En una de las cuales se encontraba ahora sentado.
El último pensamiento que le cruzó la mente antes de que su nave se estrellara en una gran nube de fuego contra la nave enemiga fue que debería haber recibido los mayores honores por haber hecho aquél descubrimiento, El descubrimiento más importante y más nefasto de la historia de la humanidad.
Demal se cargó la mochila al hombro, sintiendo el familiar peso del rifle de plasma en la cadera. Caminó hacia el agujero iluminado por débiles luces eléctricas en medio de la infinita tundra nevada, que se confundía con el cielo, dando la impresión de estar dentro de una enorme esfera blanca.
Bajó las gastadas escaleras entrando en lo que en otro tiempo fue una estación de metro. Tras poco tiempo de caminar, volvió a sentir el viento y la nieve, al llegar a un derrumbe.
Era realmente tenebroso: en la penumbra, las figuras se recortaban emitiendo una espectral luz azul.Una ancha tubería, sostenida por anillos de metal se extendía por debajo de una vieja línea con un tren magnético abandonado. A la izquierda, una estructura semiderruida se alzaba sobre cuatro columnas que sostenían sus paredes de cristal y su cúpula destartalada. Caminó, observando derrumbes similares, hasta que, en uno de ellos, vio fuego detrás de una de las líneas. Se encaminó deprisa allí y observó algo inesperado.Una nave estrellada allí, entre la nieve. Y no una pequeña, una que mediría casi cuatrocientos metros de eslora, con varias cabinas y ventanales y una torre de mando de cuarenta metros de diámetro. La nave estaba tendida sobre el blanco suelo como si hubieran intentado aterrizarla. Tenía un gran agujero en medio, de hecho, se había partido por la mitad. Los daños no parecían resultado del choque sino más bien un ataque con un armamento de gran potencia. Entró por el agujero y vio un espectáculo horrible. Todo estaba destruido. Había cuerpos desmembrados tirados por todas partes, esparciendo la sangre y las vísceras por toda la cámara. Aunque estaban destrozados por la descompresión, se veía que no eran humanos. Tenían la piel de un color azul claro y tentáculos en vez de dedos.
Dios mío, pensó Demal, extraterrestres. Es el descubrimiento más importante de la historia de la humanidad.
Eso había ocurrido hace año y medio. Y ahora, sentado en aquélla nave, lo recordaba con nostalgia, arrepentido de habérselo contado a todo el mundo.
Porque eso había iniciado una guerra. Una guerra que se estaba cobrando un número de vidas humanas y extraterrestres exorbitante, sobre todo por la utilización por parte de los humanos de naves kamikaze.
En una de las cuales se encontraba ahora sentado.
El último pensamiento que le cruzó la mente antes de que su nave se estrellara en una gran nube de fuego contra la nave enemiga fue que debería haber recibido los mayores honores por haber hecho aquél descubrimiento, El descubrimiento más importante y más nefasto de la historia de la humanidad.
Ensoñaciones V: El cazador de gólems
El cazador de gólems
Alan se acercó a la cueva. Parecía un buen sitio: Grande, ancha, con marcas de puños descomunales en la roca. Un buen sitio para encontrar lo que él buscaba: gólems. Alan era un Atrolad, un cazador de estas criaturas de roca y fuego, duros como el diamante, pero, a la vez, inclinados hacia la pasividad y la meditación, hacia la vida contemplativa. Alan revisó su equipo y entró en la cueva. Mientras se movía en la semioscuridad, iluminado por la filactita mágica que llevaba colgada en bandolera, mantenía los músculos en tensión. Aquél era el momento más peligroso. Estaba en el territorio del gólem, había entrado en su casa. Era el gólem quien movía pieza ahora, el que decidía cuándo y cómo salir, cómo aparecer. Llegó a una esquina. Apoyó la mano en el borde de roca pulida. Percibió que no había ningún ser viviente en el siguiente pasillo. Avanzó más y sacó su lanza de energía. Los rayos eléctricos la recorrieron como líneas azules que destellaron en la penumbra. Encontró una gran puerta de piedra. Oyó unos pasos como pequeños terremotos y se puso a cubierto rápidamente.
La puerta no se abrió.
Tampoco se rompió.
Lo que hizo, más bien, fue explotar en pedazos infinitesimales.
Está bastante enfadado, pensó Alan, ha destruido su propia puerta.
Esto va a ser difícil.
El enorme gólem bramó:
-¿Quién osa interrumpir mi meditación?
Su voz era de trueno y vapor, un bramido tronante que Alan sintió hasta el tuétano de sus huesos. La cueva entera retumbó.
Alan sacó un amuleto rojo y lo apretó en la mano.
El fuego del interior del gólem se apagó por unos instantes, que aprovechó el cazador para saltar e intentar golpearle con la lanza.
Pero no fue tan fácil, porque el gólem se había apartado y Alan no consiguió alcanzarle antes de que su fuego volviera. El gólem lanzó un puño con la potencia para atravesar una pared de dos metros de grosor. Alan lo esquivó y con una voltereta, se puso a su espalda, pero el gólem se dio la vuelta a la velocidad del rayo.
El fuego voraz ardía en su interior iluminando la sala entera, saliendo por los ojos y la boca, bullendo como un caldero en el fuego.
Sus garras desplegadas arañaron el suelo de mármol, soltando chispas.
Al cazador no le dio tiempo a reaccionar.
El gólem, con un gruñido, arrojó al cazador por encima de su cabeza. Alan impactó contra la pared a una velocidad increíble. Los huesos crujieron. Estaba muerto.
O casi.
Alan despertó. Vio los haces de magia enroscarse alrededor de su cuerpo.Era el Arham Alaris, el amuleto de la vida, regalo de las hadas. Se sentía fuerte de nuevo.
Vamos a darle a ese gólem una lección.
Sacó una espada envuelta en una tela blanca. La desenrrolló y sus poderosas runas destellaron una luz arcana que se proyectó por toda la sala. La hoja de obsidiana glacial brilló al atacar, capaz de cortar cualquer cosa. El gólem cargó contra él a gran velocidad. Chocaron en el aire, haciendo retumbar la montaña entera. La espada se clavó en el gólem, pero éste dio un puñetazo a la cabeza de Alan y le partió el cuello. Y de nuevo habría ganado el gólem si Alan no hubiera aprovechado su último aliento para arrancar la espada y decir las palabras que activaban el poder de las runas. Con la espada envuelta en poder puro, le cortó la cabeza y cayó muerto sobre los surcos dejados por los dedos de piedra del gólem. Pero a la espada aún le quedaba poder e impactó contra la pared. La montaña se tambaleó y se desmoronó.
Y aquél fue el fin de Alan, el cazador de gólems.
Y bajo las piedras solo quedó el menguante latido del poderoso corazón de fuego del gólem al apagarse.
Alan se acercó a la cueva. Parecía un buen sitio: Grande, ancha, con marcas de puños descomunales en la roca. Un buen sitio para encontrar lo que él buscaba: gólems. Alan era un Atrolad, un cazador de estas criaturas de roca y fuego, duros como el diamante, pero, a la vez, inclinados hacia la pasividad y la meditación, hacia la vida contemplativa. Alan revisó su equipo y entró en la cueva. Mientras se movía en la semioscuridad, iluminado por la filactita mágica que llevaba colgada en bandolera, mantenía los músculos en tensión. Aquél era el momento más peligroso. Estaba en el territorio del gólem, había entrado en su casa. Era el gólem quien movía pieza ahora, el que decidía cuándo y cómo salir, cómo aparecer. Llegó a una esquina. Apoyó la mano en el borde de roca pulida. Percibió que no había ningún ser viviente en el siguiente pasillo. Avanzó más y sacó su lanza de energía. Los rayos eléctricos la recorrieron como líneas azules que destellaron en la penumbra. Encontró una gran puerta de piedra. Oyó unos pasos como pequeños terremotos y se puso a cubierto rápidamente.
La puerta no se abrió.
Tampoco se rompió.
Lo que hizo, más bien, fue explotar en pedazos infinitesimales.
Está bastante enfadado, pensó Alan, ha destruido su propia puerta.
Esto va a ser difícil.
El enorme gólem bramó:
-¿Quién osa interrumpir mi meditación?
Su voz era de trueno y vapor, un bramido tronante que Alan sintió hasta el tuétano de sus huesos. La cueva entera retumbó.
Alan sacó un amuleto rojo y lo apretó en la mano.
El fuego del interior del gólem se apagó por unos instantes, que aprovechó el cazador para saltar e intentar golpearle con la lanza.
Pero no fue tan fácil, porque el gólem se había apartado y Alan no consiguió alcanzarle antes de que su fuego volviera. El gólem lanzó un puño con la potencia para atravesar una pared de dos metros de grosor. Alan lo esquivó y con una voltereta, se puso a su espalda, pero el gólem se dio la vuelta a la velocidad del rayo.
El fuego voraz ardía en su interior iluminando la sala entera, saliendo por los ojos y la boca, bullendo como un caldero en el fuego.
Sus garras desplegadas arañaron el suelo de mármol, soltando chispas.
Al cazador no le dio tiempo a reaccionar.
El gólem, con un gruñido, arrojó al cazador por encima de su cabeza. Alan impactó contra la pared a una velocidad increíble. Los huesos crujieron. Estaba muerto.
O casi.
Alan despertó. Vio los haces de magia enroscarse alrededor de su cuerpo.Era el Arham Alaris, el amuleto de la vida, regalo de las hadas. Se sentía fuerte de nuevo.
Vamos a darle a ese gólem una lección.
Sacó una espada envuelta en una tela blanca. La desenrrolló y sus poderosas runas destellaron una luz arcana que se proyectó por toda la sala. La hoja de obsidiana glacial brilló al atacar, capaz de cortar cualquer cosa. El gólem cargó contra él a gran velocidad. Chocaron en el aire, haciendo retumbar la montaña entera. La espada se clavó en el gólem, pero éste dio un puñetazo a la cabeza de Alan y le partió el cuello. Y de nuevo habría ganado el gólem si Alan no hubiera aprovechado su último aliento para arrancar la espada y decir las palabras que activaban el poder de las runas. Con la espada envuelta en poder puro, le cortó la cabeza y cayó muerto sobre los surcos dejados por los dedos de piedra del gólem. Pero a la espada aún le quedaba poder e impactó contra la pared. La montaña se tambaleó y se desmoronó.
Y aquél fue el fin de Alan, el cazador de gólems.
Y bajo las piedras solo quedó el menguante latido del poderoso corazón de fuego del gólem al apagarse.
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