-¡Adorad a Ulbaraan!-
Un casco le cubría la cabeza y una túnica roja le llegaba hasta los pies. En
sus anchas mangas no se veían sus manos, solo unas cintas de todos los colores flotando en la brisa. Las plumas de quetzal le formaban una cresta en la parte posterior del casco. Tras él, el gigantesco templo se alzaba, grande, enorme, magnífico, con las cien banderas ondeando agitadas por un suave aire que lo recorría todo, como una manta. Diríase, desde el nivel del suelo, que las escaleras se prolongaban hasta el cielo y que era el mismo Ulbaraan quien había salido de la gran puerta tallada con rectas formas en la piedra. La sangre goteaba del cuchillo que llevaba en la mano. Cloc, cloc, colc...-La hora ha llegado.
-El sacrificio ha de ser consumado.
Cloc, cloc...
-Nos disponemos a alimentarte como señor nuestro que eres.
Cloc, cloc...
-Acepta este sacrificio.
Cloc, cloc...
Los ojos de todos se vuelven hacia el altar, en otro tiempo verde, ahora rojo por toda la sangre derramada en su cúspide. Encima de él, un hombre joven, desnudo y atado, con la espalda arqueada sobre el altar, ha desistido ya de resistirse contra las férreas cuerdas. Dos soldados, con capas de pluma de tucán y águila custodian al hombre. De no ser por los ligerísimos movimientos de su respiración, se les podría tomar por estatuas, tal es su quietud y rigidez.
El sumo sacerdote se acerca al altar.
Cloc, cloc...
Alza el cuchillo sobre el hombre.
Cloc.
Y hunde su hoja profundamente en el pecho del hombre.
La sangre rueda por el borde del altar como lágrimas de los dioses de la guerra.
Con rápido movimiento, el sumo sacerdote abre el pecho del joven y introduce la mano en la roja abertura.
Extrae el corazón aún latiente del joven y lo eleva mientras su sangre le corre por el brazo.
La multitud empieza a vitorear.
Desde tan abajo no ven la cara del sumo sacerdote. Su expresión se ha quedado rígida, la boca entrabierta, los ojos perdidos en la inmensidad del campo que extiende bajo él. El hombre observa una nube de polvo que se va acercando hacia ellos.
Que cada vez se hace más nítida.
Y que por fin se revela como filas de hombres y bestias de cuatro patas avanzando hacia allí.
Sus armaduras reflejan la luz del sol como un espejo.
Por fin el sacerdote recupera el uso de la palabra y clama, desde su celestial altura:
-¡Quién osa interrumpir el sagrado ritual!-
Todas las cabezas se vuelven para atisbar entre las casas lo mismo que el sacerdote ve desde el templo.
-¡Qué pecado mortal es este! ¡Quién aparece desde el linde de nuestro territorio, montados sobre monstruosas bestias de cuatro patas!
Los dedos se le cierran sobre el cuchillo, la mano aprieta el corazón que ha arrancado. Es Ulbaraan quien infunde la idea en su mente. Eleva ambos objetos mientras la ira crece en su interior con la potencia de un volcán en erupción.
Toda la multitud vocifera gritos de guerra. Todos corren hacia sus casas, todo el pueblo se moviliza como un hormigero atacado.
El sacerdote lanza un grito al cielo y arroja el corazón por las escaleras. Rueda hasta el suelo, dando botes como una piedra. Corre escaleras abajo sacando de una funda dorada en su cadera una gran espada de obsidiana, similar al que en estos momentos porta cada una de las personas, si excepción, del pueblo. Todas poseídas por la ira de Ulbaraan.
Se oye, desde las torres y templos los arcos tensarse. Las flechas silban oradando el aire, atravesando la brisa rectas hacia su objetivo. Se oyen los gritos de los hombres y sus caídas. Los soldados entran corriendo en la urbe.
Durante un largo y angustioso instante, no pasa nada.
Y en una décima de segundo...
Se desata el infierno.
Miles de personas de toda clase o condición salen de las casas y atacan con la fuerza y la ira de un tsunami. La obsidiana penetra las protecciones y se clava profundamente en la carne. Todos cargan, asediando a los invasores desde todos los lados. Las cabezas ruedan sin cesar arrancadas de cuajo por las hachas aserradas. Mientras, la flechas sigen silbando como serpientes por todas partes como la lluvia mortal de Ulbaraan. Todos, a la vez, fundidos en un fiero grito de ira divina, se lanzan contra la última fila de hombres que se estremece y cae. Por las calles corren ríos de roja sangre y por todas partes los cadáveres yacen mutilados. El sumo sacerdote cae de rodillas, agotado, sobre el húmedo suelo, murmurando gracias a Ulbaraan.
La espada se le escurre de las manos.
Empieza a llover suavemente, como si fuera la fuerza del dios cayendo sobre la tierra.
Una tierra libre.
El sumo sacerdote miró hacia el final de las escaleras.
El corazón aún estaba latiendo.
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