La sombra de las montañas
Pasos. Se oían pasos rápidos y rítmicos. Eran pasos de muchas personas, aunque eran regulares, marcados, como de una misma persona, por lo que él dedujo que eran militares. Una columna de soldados, cien, doscientos o incluso quinientos. Sin embargo, los pasos eran rápidos, cortos. La columna había apretado el paso. No corría, pero marchaba deprisa. Eran pasos secos, férreos, duros y al final de la columna se oían pasos de un enorme ser bípedo, de tanto peso que el suelo temblaba bajo sus pies. Eramal, la sombra de las montañas, el guerrero más mortífero de todas las tierras conocidas, levantó la cabeza de la roca en la que había estado escuchando los pasos. Probablemente eran orcos o úrgalos y la monstruosidad podía ser un trol de las montañas, un cíclope, un gigante dominado o incluso un terrorífico engendro sacado de los oscuros abismos de la disformidad por un mago oscuro. Pero esto último era improbable, y Eramal odiaba a los orcos, así que preparó todas sus armas y se puso su capa ámbar, que se confundía con el color de la arena de las montañas. Escaló con la agilidad de una cabra montesa las paredes de roca y corrió hasta el desfiladero que estaba atravesando la columna. Les espió a través de un pequeño túnel cavado en la piedra. Efectivamente, eran orcos y el monstruo parecía un trol-orco, una criatura formada igual que los orcos, pero con un tamaño mayor. Sacó un puñal largo y fino y uno de sus inventos: la zarpa, una garra de metal que se disparaba a toda velocidad atada a una cadena y que permitía engancharse a las rocas o a cualquier cosa.
Orcos, allá voy.
Su entrada fue de las que le han hecho merecedor del título "la sombra de las montañas": Se coló por una grieta y agarró a uno de los orcos, que desapareció con él. Una lluvia de flechas cayó sobre la grieta, pero él ya no estaba allí. Le había roto el cuello al orco y había vuelto arriba, fijando ahora su objetivo en el trol, su mayor amenaza. Tenía que ser rápido. Agarró los dos objetos que había sacado y corrió hacia el final de la atemorizada columna.
Observó al trol. Él no estaba atemorizado, sólo parecía enfadado, buscaba por todas partes al asesino del orco.
Vio sus dos pequeños ojos entrecerrados, al acecho, la enorme boca abierta, sus manos cerradas en dos puños. Se situó detrás del trol y le disparó la zarpa a la nuca. Las hojas de metal se cerraron abriendo heridas por las que manó la espesa sangre negra del trol. Eramal se vio disparado por el resorte de la zarpa hasta la nuca del trol. El trol soltó un bramido que hizo abrirse grietas en las rocas y retumbar el suelo como un pequeño terremoto. El ser cabeceó y se movió de un lado a otro con tal fuerza que Eramal casi se cae. Pero no era tiempo de caerse.
Ahora no.
Sostenido por la zarpa, apoyó los pies en la nuca del furioso trol y le calvó el puñal en el cuello, grueso como un tronco de árbol. El trol dio otro bramido y, por unos instantes, perdió su estabilidad. Con gran agilidad, Eramal dio un salto y enroscó la cadena alrededor del cuello del trol y dio un tirón que habría arrancado un árbol de la tierra. El trol se tambaleó y entonces Eramal bajó hasta el suelo sin soltar la zarpa y hundió una gran hoja de metal en el pie del trol. El enorme ser cayó al suelo boca arriba.
Eramal podía haber matado al trol cuando estaba subido en su nuca, clavándole el cuchillo en el cerebro, pero entonces no habría dado la impresión de fuerza y poderío que quería transmitir a la columna de orcos.
Cuando el trol estuvo completamentamente tendido boca arriba en la arena, Eramal dio un salto a una altura sobrehumana. Durante un momento, todo pareció ralentizarse, como si el mundo transcurriera a cámara lenta y Eramal quedara suspendido en el aire. Accionado uno de los resortes de su zarpa, Eramal la recogió. La cadena deshizo el nudo y se recogió destellando como un látigo. Él sacó una espada descomunal y la apuntó con ambas manos hacia el pecho del trol.
El mundo recuperó su velocidad habitual.
Eramal cayó sobre el pecho del trol, clavando profundamente la espada en el negro corazón del monstruo.
Con un último bramido, el trol expiró.
Eramal desapareció con la misma rapidez con la que había venido.
Toda la columna de orcos se había quedado pasmada, clavada en el sitio.
Había matado al trol.
Y lo había hecho de forma espectacular y sin recibir ni un rasguño.
Las cabezas de dos de los orcos, desprevenidos, rodaron sobre la arena.
Todos los demás se pusieron a la defensiva.
De poco les sirvió.
Uno de los orcos se agarró el cuello y cayó al suelo, con una flecha bífida clavada en el cuello. Todos los escudos se volvieron hacia esa dirección, pero la siguiente flecha llegó del otro lado y se clavó en la espalda de un orco. Las flechas comenzaron a llegar de todos los lados con una rapidez tal que diríase que había más de un arquero.
Pero no, porque era Eramal corriendo de una montaña a otra y disparando su arco. El número de orcos decreció y decreció hasta que solo quedaron cuatro.
Eramal guardó el arco.
Saltó de la roca en la que estaba subido y cayó delante del grupo. Los orcos desenfunadron las hachas que llevaban a la espalda y se prepararon para la lucha. Eramal se levantó y, despacio, se llevó las manos a la espalda. Con un amplio movimiento desenfundó dos largas espadas gemelas y las hizo girar en las manos. El sol empieza a descender sobre el horizonte y su silueta se recorta, completamente negra, sobre las últimas luces del día. Los orcos retroceden un paso ante esa espectral figura que más parece un ser de otro mundo que un hombre. Dando un salto, se coloca en medio de los asustados orcos. Sus espadas reflejan la luz menguante del día mientras giran, rebanando el cuello a uno de los orcos. Los demás no tienen tiempo de reaccionar antes de que las espadas les abran grandes heridas en el vientre.
Se desploman sobre las piedras como fardos sin vida.
El crepúsculo proyecta rayos anaranjados sobre el desfiladero lleno de cadáveres.
Eramal observa el sol desaparecer tras el horizonte.
Otro día más en la vida de la sombra de las montañas.