El cazador de gólems
Alan se acercó a la cueva. Parecía un buen sitio: Grande, ancha, con marcas de puños descomunales en la roca. Un buen sitio para encontrar lo que él buscaba: gólems. Alan era un Atrolad, un cazador de estas criaturas de roca y fuego, duros como el diamante, pero, a la vez, inclinados hacia la pasividad y la meditación, hacia la vida contemplativa. Alan revisó su equipo y entró en la cueva. Mientras se movía en la semioscuridad, iluminado por la filactita mágica que llevaba colgada en bandolera, mantenía los músculos en tensión. Aquél era el momento más peligroso. Estaba en el territorio del gólem, había entrado en su casa. Era el gólem quien movía pieza ahora, el que decidía cuándo y cómo salir, cómo aparecer. Llegó a una esquina. Apoyó la mano en el borde de roca pulida. Percibió que no había ningún ser viviente en el siguiente pasillo. Avanzó más y sacó su lanza de energía. Los rayos eléctricos la recorrieron como líneas azules que destellaron en la penumbra. Encontró una gran puerta de piedra. Oyó unos pasos como pequeños terremotos y se puso a cubierto rápidamente.
La puerta no se abrió.
Tampoco se rompió.
Lo que hizo, más bien, fue explotar en pedazos infinitesimales.
Está bastante enfadado, pensó Alan, ha destruido su propia puerta.
Esto va a ser difícil.
El enorme gólem bramó:
-¿Quién osa interrumpir mi meditación?
Su voz era de trueno y vapor, un bramido tronante que Alan sintió hasta el tuétano de sus huesos. La cueva entera retumbó.
Alan sacó un amuleto rojo y lo apretó en la mano.
El fuego del interior del gólem se apagó por unos instantes, que aprovechó el cazador para saltar e intentar golpearle con la lanza.
Pero no fue tan fácil, porque el gólem se había apartado y Alan no consiguió alcanzarle antes de que su fuego volviera. El gólem lanzó un puño con la potencia para atravesar una pared de dos metros de grosor. Alan lo esquivó y con una voltereta, se puso a su espalda, pero el gólem se dio la vuelta a la velocidad del rayo.
El fuego voraz ardía en su interior iluminando la sala entera, saliendo por los ojos y la boca, bullendo como un caldero en el fuego.
Sus garras desplegadas arañaron el suelo de mármol, soltando chispas.
Al cazador no le dio tiempo a reaccionar.
El gólem, con un gruñido, arrojó al cazador por encima de su cabeza. Alan impactó contra la pared a una velocidad increíble. Los huesos crujieron. Estaba muerto.
O casi.
Alan despertó. Vio los haces de magia enroscarse alrededor de su cuerpo.Era el Arham Alaris, el amuleto de la vida, regalo de las hadas. Se sentía fuerte de nuevo.
Vamos a darle a ese gólem una lección.
Sacó una espada envuelta en una tela blanca. La desenrrolló y sus poderosas runas destellaron una luz arcana que se proyectó por toda la sala. La hoja de obsidiana glacial brilló al atacar, capaz de cortar cualquer cosa. El gólem cargó contra él a gran velocidad. Chocaron en el aire, haciendo retumbar la montaña entera. La espada se clavó en el gólem, pero éste dio un puñetazo a la cabeza de Alan y le partió el cuello. Y de nuevo habría ganado el gólem si Alan no hubiera aprovechado su último aliento para arrancar la espada y decir las palabras que activaban el poder de las runas. Con la espada envuelta en poder puro, le cortó la cabeza y cayó muerto sobre los surcos dejados por los dedos de piedra del gólem. Pero a la espada aún le quedaba poder e impactó contra la pared. La montaña se tambaleó y se desmoronó.
Y aquél fue el fin de Alan, el cazador de gólems.
Y bajo las piedras solo quedó el menguante latido del poderoso corazón de fuego del gólem al apagarse.
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