martes, 1 de diciembre de 2009

Ensoñaciones III: El nacimiento de los dragones

El nacimiento de los dragones
Nada más empezar la batalla le hirieron con una flecha en la rodilla. El dolor le subió como un rayo helado por todo el cuerpo y cayó al suelo.
Fue en ese momento cuando dejó de ser importante.
Fue en ese momento cuando se convirtió en una de las piedras del camino.
Fue en ese momento cuando, para los demás, murió.
Todos le pasaron por encima, por los lados y le dejaron atrás, sin prestarle más atención que al polvo que se alzaba desde el suelo.
Se arrastró fuera de la batalla como pudo y cayó rodando por un montículo cercano.
Pero el aquéllos hombres se acordarían de él.
Pero todos se acordarían de él.
Se arrancó la flecha y alzó las manos y la cabeza y el espíritu hacia el cielo azul.
Sólo he sido herido.
Sólo os imploro.
Sólo os ruego.
Sólo os pido.
Su voz comenzó siendo un susurro, pero al final fue un grito.
Un grito que llegó hasta las bóvedas celestes.
Miles de zarzillos azules se enroscaron alrededor de su herida.
La sangre dejó de brotar.
Su herida sanó.
Los zarcillos también envolvieron la flecha, a la que de inmediato le brotaron alas enormes, cabeza, cola, dientes, se convirtió en una criatura gigantesca.
Se convirtió en el primer dragón.
Voló hacia la batalla y convirtió a los hombres en masas calcinadas con su aliento de fuego.
Así son los dragones.
Criaturas fojadas a partir de la sangre y el dolor.
Elegantes como una flecha.
Rápidos como una flecha.
Certeros como una flecha.
Peligrosos como una flecha.
Mortales como un dragón.

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